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Acompañando al Buen Samaritano

18 de Noviembre de 2004

Viernes, diez y media de la noche. Bilbao esquina Florencio Barrios, al frente del Parque Intercomunal de La Reina. Cae una fina lluvia sobre Santiago. Los jóvenes como nosotros, a esa hora, suelen pasearse por esos lugares en busca de alguna fiesta o rumbo a la casa de algún amigo, pero nosotros estamos en busca de otras gentes. Ellos nos están esperando. De hecho, hemos llegado tarde: se suele llegar a la primera parada del “Buen Samaritano” alrededor de las 9 y media. Hemos tenido problemas con el transporte, y finalmente los cinco jóvenes de la Parroquia San Patricio nos hemos colado en el jeep de Erick, uno de los adultos que, junto a otros diez o quince (el número varía), realizan todas las semanas, desde hace ya años, un recorrido muy particular, que acabamos de comenzar.

A pesar de la demora, ellos nos han esperado, y sonríen a pesar de la lluvia que cada vez arreciaba más, a pesar del frío, a pesar del hambre y a pesar de las ropas húmedas. Son cinco o seis personas, entre cartoneros, sus esposas, estacionadores y feriantes, que se reúnen donde los fines de semana se coloca una feria. Ahora el amplísimo espacio techado, que acompaña la entrada al Parque por Bilbao, sólo es ocupado por nosotros.

Los platos de comida van y vienen, llenos y vacíos. Hoy ha tocado arroz primavera con vienesas. Hemos visto otros días porotos, tallarines y otras comidas. El olor es exquisito y nos abre el apetito: las tías del Samaritano realmente cocinan rico. Nuestros visitados lo saben, están acostumbrados, y comen sus platos con rapidez, de pie, salpicando la comida con conversa. Traen pancitos, y la mayoría los guardan en los bolsillos, previsoramente. Viene el café, en tacitas como las que regalan en los aviones. Se lo toman “al seco”, porque es hora de irnos, y se viene el rezo, como de costumbre. Todos en círculo, tomados de las manos… y yo empiezo a comprender algo: no hay mejor manera que ésta, tomados de las manos y en círculo, para entender lo superficial de las diferencias…

De vuelta al jeep, esta vez más raudos aún: la lluvia aumenta constantemente. Al tío Erick le gusta “conejear” por calles chicas. "De repente se pilla algún mendigo", nos dice. Salimos a Avenida Grecia, en Ñuñoa, y poco después de Ezequiel Fernández doblamos hacia una calle con un amplio estacionamiento. Es nuestra segunda parada.

Normalmente nos esperan de diez a quince personas aquí. Hoy vemos a unas ocho o nueve; lo más probable es que a varias la lluvia las haya entrado a sus casas. Sin embargo, hay unos cuantos que, en realidad, no tienen dónde entrarse. Soportan la lluvia, que para estos momentos es torrencial, con un estoicismo admirable… “hay que mojarse no más”, me dice un anciano, inmóvil y resignado, bajo un árbol, alrededor del cual nos congregamos todos. Es el único lugar que ofrece algo de techo en esta húmeda calle.

Uno de los que, muy probablemente, no tengan techo bajo el cual guarecerse, es Jorge, de edad indefinible, y de una lucidez, una chispa y una rapidez para la talla geniales. Su historia: duerme en un auto viejo, y fue muy alcohólico y drogadicto, hasta que llegaron los adultos del Samaritano, y a pesar de que ellos tuvieron que soportar sus insultos y rechazos por mucho tiempo, a punta de insistencia y cariño finalmente lograron ganarse su corazón. La primera vez que acompañamos a la gente del Samaritano, hace poco más de un mes, él realizó la oración en el lugar, y fue realmente conmovedor oír palabras que, tras su rudeza, expresaban gratitud y dulzura, en especial porque las dijo alguien que como única escuela ha tenido la calle.

Se echa de menos a Janito en esta noche lluviosa. Tiene alrededor de 45 años, y quedó ciego hace unos cuatro. Siempre anda con un gorrito, y permanece sentado, tranquilo, esperando. Como no puede ver, no hace diferencias. No tiene el respeto reverencial que se observa en algunos, y a todos los trata de “tú”, con familiaridad. Es realmente una persona muy dulce y adorable: su gran sueño, cuando recupere la vista (debe operarse), es salir junto a nosotros a ver qué podía hacer por otras personas. No alcanzó a ver las lágrimas que me asomaron mientras lo oía hablar de esto y de su hijo, con el que hace años no puede encontrarse.

Pero uno de los “chiquillos”, como les dicen las señoras del Samaritano, sí cumplió este sueño de acompañarnos. Le dicen el Chele, es huraño, de pocas palabras, al parecer también es rehabilitado del alcohol, y camina algo cojo, arrastrando quién sabe qué golpe. Todas las semanas se sube al furgón o a la camioneta hacia nuestra tercera y última parada, y colabora con nosotros, llevando pancito y café a quienes nos esperan allí. “Le encanta ir con nosotros y ayudarnos”, nos comentaba una de las tías, en uno de nuestros primeros viajes.

Sin embargo, hoy no podrá acompañarnos a la conocida Posta Cuatro, ubicada en Grecia con Juan Moya: él se vuelve solo de ahí de vuelta a donde vive, y con el temporal de hoy, es preferible no arriesgarlo. Al Chele no le gusta mucho la idea, pero no hay mucho que hacer tampoco. Y habría perdido el viaje: en la Posta Cuatro no hay nadie. La misma lluvia que nos tiene a nosotros empapados hasta los huesos ha espantado a la gente aquí. Sin embargo, quedan recuerdos de las veces anteriores que hemos estado en ese lugar. Cómo olvidar al Lalo, el más joven de quienes hemos visitado: tiene 23 años. O a un hombre, de nacionalidad española, que me había sorprendido el viernes anterior por su cultura y por su dignidad a toda prueba. Recuerdo a dos señoras, que nos esperan todos los viernes llenas de tarritos y tiestos para llevarse comida a la casa. Recuerdo al estacionador de la Posta, increíblemente caballeroso y cortés.

“Nos vamos a la Plaza Ñuñoa”, nos dice Erick. Hacia allá vamos, pero sólo se baja él. Nosotros esperamos, sin poder ver mucho por la cortina de agua que baña el jeep, que baña las calles, que baña a Santiago. Vuelve al cabo de 15 minutos, empapado, y muerto de la risa. Nos cuenta que había como seis personas, y cada una se llevó un plato enorme de comida. Su risa se debe a lo empapado que está, se nota que goza. Son como niños, pienso yo. Tienen entre 40 y 60 años, pero se comportan con una energía y una frescura que ya quisiera alguien más joven… y yo me pregunto: “¿será la alegría de dar?”

Y mientras el jeep se aproxima, a eso de las doce de la noche, de vuelta a las calles de nuestro barrio, me fijo en que todos quienes van hablan del “Samaritano”, y no del “Buen Samaritano”…y más allá de la comodidad de acortar el nombre, da para pensar algo más: ¿En realidad merecemos llamarnos buenos por esto? ¿Es bueno alguien que simplemente se deja seguir por su naturaleza humana, orientada a dar más que a guardar para sí?

No me respondo la pregunta. Pero no puedo negar tampoco que me siento un poco más humano al volver, todo mojado, a casa.

Sergio

En gratitud a quienes, con su dedicación y cariño silenciosos, sirven a otros, sin exigir, sólo dando.

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