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11 de octubre de 2005
La santidad: más que para admirarla, para vivirla
Por estos días, las calles, la televisión y la prensa se han empapado de la próxima canonización del Padre Alberto Hurtado, quien se convertirá en el segundo santo chileno en subir a los altares. Afiches, manifestaciones, libros, videos y CD's en su memoria nos hacen su memoria más presente que nunca. Pero ¿qué haremos, como católicos, con este recuerdo?
Solemos mirar la santidad como algo lejano, que realizan personas sobrenaturales, excepcionales, admirables, que tuvieron la gracia de vivir una vida donde la cercanía con Dios se dio de manera suave y fluida. "Bien por ellos..." , pareciéramos repetir, con una admiración cansada, cada vez que el ejemplo de una de estas personas se nos hace presente.
Y, sin embargo, la Santidad está más cerca que nunca, al alcance de todos, como repitiera, visionariamente, el Padre Frassinetti, hace ya más de un siglo y medio. Una canonización, precisamente, debería ser para nosotros la muestra patente de que existen hombres y mujeres, en nuestro mismo suelo, bajo circunstancias muy parecidas a las nuestras, que se vencieron a sí mismos, y se dieron a Dios, fecundando, de paso, todo cuando tocaban o miraban.
A veces pareciera que una ceremonia como la que nos disponemos a observar este 23 de Octubre, además de ensalzar al beato y volverlo objeto de veneración general, lo alejara de las personas "comunes y corrientes", lo divinizara, lo hiciera tan cercano a Dios, que parece volverse inaccesible para los hombres. Y, sin embargo, en nuestra misma comunidad parroquial hay personas que tuvieron la gracia de conocer al Padre Hurtado personalmente, que lo saludaron, lo oyeron sonreír y quejarse, y que pueden dar fe de que, efectivamente, el Padre Hurtado es tan humano y terreno como cualquiera de nosotros.
Ante nosotros se presenta un momento histórico: seremos testigos de la magnitud que es capaz de alcanzar el hombre cuando se une, en un solo acto de amor, a Dios. Además, se alza la enorme oportunidad de hacer en nuestras vidas lo que el Padre Hurtado quisiera: no sólo imprimir libros con su sonrisa en portada, sino que regalar esa sonrisa nosotros mismos a quienes nos rodean; no sólo pintar vitrales o elaborar afiches con su figura, sino que asumir nosotros mismos el compromiso con los pobres y los desplazados de este país.
Alberto Hurtado está donde está, precisamente, porque fue valiente, e hizo y dijo lo que sintió correcto hacer. Por estos días es muy sencillo subirse al carro de la admiración y veneración hacia su persona, lo cual no está nada de mal; pero el verdadero desafío que se nos presenta, es a atrevernos nosotros mismos a ser otros tantos hombres y mujeres al servicio del Amor de Cristo.
¿Seremos capaces? Con la gracia de Dios y el auxilio de su Madre y de todos los santos, no lo dudamos.
18 de junio de 2005
La Cruz
Muchos cargamos en nuestro cuello un crucifijo, de metal simple o elaborado, grueso o delgado, ostentoso o sencillo. Una forma inocente e incompleta de reconocer a un cristiano es por su crucifijo.
¿Y que hay de “La Cruz”? …”Cristo la cargó y murió en ella, humillado, por nuestros pecados”...
Todos tenemos nuestra cruz, a veces tarda en llegar, otras veces nacemos con ella. Incluso muchos no la conocen y no la aceptan, por lo tanto, no la aman...
Nuestra Iglesia también carga cruces. Nosotros, el Cuerpo místico, hacemos fuerza para cargarla, nos dañamos los hombros, nos llevamos golpes, nos escupen. En nuestra Iglesia hay también quienes, en vez de ayudar a cargarla, se cargan en ella y la hacen más pesada aún.
Nuestra parroquia no queda exenta de esta metáfora, cargamos nuestra cruz común y nuestras cruces personales. Pueden haber sido originadas por la historia, por el pecado de nosotros o por agentes externos. ¿Es relevante el origen? ¿Acaso Dios lo permite porque es malo? Al nacer libres, debemos cargar nuestra cruz del mismo modo, libres, abrazando la Cruz, confiados en Cristo Jesús, con la libertad que nos da el sabernos amados.
Cuando reconocemos nuestras cruces, como individuos, comunidad e Iglesia estamos en condiciones de hacernos cargo de ellas, no como una maldición, sino al contrario: como un regalo venido del mismo Dios para santificarnos. El Cristiano se reconoce por su Cruz, por cómo la carga, con la disposición de hijos de Dios Padre, hijos de Santa María Inmaculada. Cristianos felices, en el dolor y la Esperanza.
2 de mayo de 2005
La Iglesia y los cambios de rumbo
Hemos sido testigos, recientemente, de un cambio de Papa, acontecimiento que siempre marca un hito dentro del caminar de la Iglesia en la tierra. Si hemos seguido con un mínimo de atención el Cónclave, los papables, y la rápida elección de Benedicto XVI, muy probablemente hayamos proyectado en el nuevo Papa nuestros temores y esperanzas con respecto a la Iglesia: ¿Será muy conservador? ¿Cómo se llevará con las otras religiones? ¿Conservará la estabilidad de la Fe como lo hizo desde su anterior cargo? Preguntas que tienen su base en una interrogante fundamental: ¿Qué pasará con nosotros como Iglesia?
Y en este punto es necesario recordar que todos somos Iglesia, y que todos participamos de la construcción de su historia, y del trazado de la senda que recorre. Puede que nos sintamos temerosos, expectantes o satisfechos con el nuevo camino que toma la Iglesia al asumir un nuevo Papa, pero aquí, en nuestro entorno, en las comunidades de base, en el apostolado del día a día, en el servicio a los más necesitados, en la formación espiritual, en la Eucaristía y en la sencilla oración, quienes actuamos somos nosotros, y en cada uno de nuestros actos se traza el camino por el cual peregrina la Iglesia. Necesitamos del Papa, pero él también necesita de nosotros.
Por lo tanto, y ya pasado el momento de recogerse ante la muerte de Juan Pablo II, y de fijar los ojos en Roma a la espera de un nuevo Papa, es hora de continuar viaje, y seguir actuando. La caridad y la justicia urgen en nuestro país y en nuestro convulsionado continente, y los encargados de materializarlas, en nombre de Dios, somos nosotros mismos. Mientras oramos por el nuevo Pontífice, que necesita de nuestros ruegos más que ningún otro, sigamos nuestra entrega y recorramos nuestro propio camino, con los ojos siempre puestos en Cristo, que lo santifica todo en Sí mismo.
2 de abril de 2005
Sanpatricio.cl cumple un año con nuevo rostro
¿Por qué cambiar?, nos preguntaban personas que se enteraron anticipadamente del cambio de estructura, contenidos y diseño de sanpatricio.cl.
Y, la verdad, es que con un año de camino recorrido, desde el 26 de marzo de 2004, se acumulan experiencias, consejos e ideas nuevas para cambiar. Queremos reflejar fielmente aquello de que si no hay cambio, no hay vida.
Queremos, también, que la Iglesia toda sea reflejo de esta máxima. Con el caminar de cada uno de quienes se siente parte de ella, se enriquece la visión de este mundo y de los hombres, y cada experiencia pequeña es un granito de arena que nos permite ver la expresión de Dios en el hombre, en toda su diversidad.
Como pueden ver, no le tememos al cambio, ni a reinventarnos. A pesar de que este año de recorrido ha sido exitoso, sabemos que el éxito no es unidad de medida para cambiar. Queremos estar atentos siempre, recogiendo experiencias y sabiduría, esa que se gana sólo al caminar.
Por eso Dios le regaló a la Iglesia, a las comunidades y a los hombres la belleza de ser peregrinos: tenemos toda una vida para caminar, y comenzar a hacer presente la paz y la alegría de Dios, paso a paso, en nuestros corazones y en los de los demás.
Nosotros, por nuestra parte, nos queremos considerar un sitio peregrino, formado por seres humanos, que también peregrinan en sus vidas, y caminan junto a la Iglesia, acompañados por la Virgen María. Acompáñennos en nuestro caminar, de modo que, tanto quienes hacen posible este sitio como quienes lo visitan, seamos capaces de compartir camino, de ser compañeros de viaje, de enriquecernos mutuamente con vivencias y modos de pensar.
En momentos como éstos, donde un peregrino, el Papa Juan Pablo II, agoniza, extinguendo una vida dedicada a caminar y a luchar, debemos más que nunca servirnos de su ejemplo para forjar una Iglesia plenamente peregrina, que marche sólo con lo justo y necesario, que necesite golpear puertas y pedir alojamiento, y llevar la bendición de Dios a donde quiera que lleguen sus pasos.
Que Dios y la Virgen nos acompañen en esta tarea.
¡Feliz aniversario!
23 de Diciembre de 2004
Cien años
La Congregación Hijos de Santa María Inmaculada está de fiesta. Se cumplen 100 años desde que el Papa San Pio IX promulgó el “decretum laudis” que les da a los Hijos de María el carácter de Congregación de derecho pontificio. Además, por estos días se conmemora un nuevo cumpleaños del Padre José Frassinetti, quien fundó esta obra en 1865, y que sin embargo, no alcanzó a verla convertida en Congregación. Pero más allá de lo conmemorativo, ¿qué nos dejan en la práctica estos festejos?
Los seres humanos necesitamos hitos y marcas que dejar en nuestras vidas, con las cuales podamos registrar el paso del tiempo. Es un momento para recapitular, hacer recuentos, y sacar conclusiones de lo vivido para proyectarlas hacia el futuro.
En cien años la sociedad y el mundo se han transformado radicalmente: nuestra manera de expresarnos, de sentir, de pensar y de amar no son para nada las que tuvieron nuestros bisabuelos. Vivimos un tiempo donde ya nada parece ser seguro, y donde la solución a nuestros problemas a veces parece ser mantenerse, cómodo y abrigado, en casa, a resguardo de los cambios que convulsionan el exterior. ¿Cuál es la misión que tienen los Hijos de María frente a este escenario tan complejo?
Los Hijos de María, tanto sacerdotes como laicos, estamos llamados a observar con mirada atenta y valiente las situaciones y los nuevos problemas de la sociedad actual. En tiempos de crisis, las sociedades se retraen y vuelven en busca de aquellas cosas que les daban seguridad, y así, se aferran a tradiciones, costumbres y maneras de pensar que proporcionen algo de estabilidad. La Iglesia, inserta en el mundo, no escapa a este fenómeno; sin embargo, es precisamente ahí donde los Hijos de María tienen la misión de ser sal y luz, tanto para el mundo como para la misma Iglesia, que hoy más que nunca, necesita corazones y mentes abiertas y dispuestas a entregarse, con amor y respeto, a la sociedad, a mirar con inteligencia y humildad sus reparos y sus críticas como un medio de santificación y progreso, a poner el espíritu discreto pero siempre atento de María al servicio de los problemas y necesidades de quienes nos rodean; en fin, a constituir un sendero amoroso y flexible para todos quienes estén a la espera de ver a los cristianos amando como Cristo.
Del mismo modo, los Hijos de María tenemos la misión de aprender a fijar nuestra vista en el Tiempo de Dios, basado en el amor, por sobre el tiempo de los hombres, basado en el paso de los segundos. Hay una tribu nómade que vive en el desierto australiano que no celebra los cumpleaños de sus miembros, sino que celebran y hacen fiesta cada vez que sienten que han mejorado o han crecido como personas. Si, como Iglesia y como Congregación, somos capaces de tener nuestros ojos atentos al corazón de los hombres y de sus inquietudes, tal como lo hizo María al decirle a Jesús “no tienen vino”, tendremos motivos, como estos hermanos australianos, para celebrar todos los día
18 de Noviembre de 2004
Una educación más humana
Se acerca el día de la rendición de la PSU (Prueba de Selección Universitaria), momento en el que miles de jóvenes, llenos de esperanzas y sueños, se enfrenten con el desafío de ser aceptados en una universidad, donde comenzarán un largo camino hacia la vida profesional. ¿Cuántos padres ansiosos no tienen, por estos días, todas sus esperanzas y sus presiones concentradas en que sus hijos logren el resultado deseado en esta prueba, para el cual han “invertido” tanto tiempo y dinero? ¿Cuántas veces no hemos escuchado, frente a un “fracaso”, la frase “me mato trabajando para que logres esto”?
Es momento, entonces, para reflexionar un poco acerca del tipo de educación que estamos dando, ya sea como educadores, como padres, hermanos, amigos, consejeros, etc. Vivimos en una sociedad tremendamente exitista, eso es innegable. Y es que concentramos nuestros esfuerzos para formar seres capaces profesionalmente, pero no educamos para aceptar el error; seguimos entendiendo el éxito como la acumulación de títulos, diplomas y dinero, en lugar de potenciar la originalidad que Dios puso en cada uno de nosotros. Debemos entender, primero que nada, que educar es acompañar al otro en el recorrido de su camino, y que ese camino, tal como el nuestro, tiene sabiamente contemplados nuestro error, nuestra duda y nuestro tropiezo como medios de moldear nuestro corazón al amor.
¿Cuál sería, entonces, una manera “más cristiana” de educar? La respuesta la tenemos en el mismo Jesús, quien, de hecho, debió educar a sus rudos apóstoles en una fe que no conocían y que les atemorizaba. Y las bases de esta educación fueron el ejemplo directo y la comprensión absoluta al error y la duda, totalmente humanos, del otro. Nuestra naturaleza humana es susceptible de errar, caerse, olvidarse de cosas, dudar… ¿seremos tan irresponsables de negar a los otros la posibilidad del error que incluso Dios mismo respeta, y que nosotros también poseemos?
Gran parte de la frustración y vacío que nos invade como sociedad se debe a dos aspectos íntimamente relacionados: uno, el crudo contraste entre lo que los adultos nos enseñaron cuando niños, y lo que esos mismos adultos realizan en la práctica; y el otro, el no reconocimiento de nuestra naturaleza susceptible de equivocarse. Esto lleva, evidentemente, a no tolerarnos ni soportarnos a nosotros mismos, y por consiguiente, a no tolerar y soportar a los demás. Huimos, entonces, del silencio, de la reflexión y de la meditación, porque sabemos, en el fondo, que lo que oiremos será nuestra propia voz, que, con sus dudas y miedos, no encaja con lo que se nos enseñó como correcto.
No pretendemos ofrecer panaceas ni soluciones definitivas, pero sí una propuesta: que nuestra educación, que nuestra manera de enseñar y también de aprender, sea basada en el respeto absoluto al error, la duda, las divergencias, los contrastes y las diferencias de otros. Como Hijos de María Inmaculada se nos ha dado el carisma de la formación. Luchemos, pues, con las armas del amor y el respeto, para que nuestra manera de educar y enseñar forme hombres y mujeres verdaderamente libres.
18 de Octubre de 2004
Santidad
Hace unos pocos días fuimos testigos de la colocación de una gran estatua de Santa Teresita de los Andes en la parte posterior de la basílica de San Pedro. Vimos además, con mucho orgullo, cómo el mismo Papa Juan Pablo II bendijo la imagen a pesar de su delicada salud. Ahora, cuando ya se acerca una nueva peregrinación juvenil al Santuario de Auco, debiéramos reflexionar un poco más sobre la figura de esta carmelita y su llamado a la santidad.
Juanita Fernández vivió sólo 19 años en este mundo. Vida breve pero intensa, que nos hace pensar que no hay edad para ser santos. Fue una joven común y corriente, pero con un extraordinario amor a Cristo y a sus hermanos. Su gran secreto consistió en no querer nada más que la Voluntad de Dios para ella, aceptando con mucha generosidad las cruces que se le enviaban.
En silencio, en un humilde monasterio, se inmoló muy especialmente por los pecadores y los sacerdotes, sin saber nunca el fruto de sus oraciones, entregándolo todo sin recibir nada.
Sin embargo, el llamado a la santidad no es sólo para las religiosas y consagrados. Todos, sin excepción, podemos alcanzar esa ansiada meta que consiguió Teresita, no por nuestros méritos, sino confiados en Dios que da la gracia para alcanzarla. Por esta razón, el Santo Padre ha canonizado a tantos laicos durante su pontificado. Así nos demuestra que sí es posible seguir a Jesús en un mundo tan convulsionado como éste y que cada vez son más necesarias almas de laicos que le amen sin reservas. En esto consiste la riqueza de la Iglesia: múltiples vocaciones pero un solo gran llamado al AMOR.
Roguemos entonces a Santa Teresita de los Andes, la primera santa latinoamericana en tener una imagen en el Vaticano, para que nos haga comprender que no es una locura aspirar a la santidad en nuestros días y que interceda por nuestro país para que surjan de él muchas más Teresas, Albertos y Lauritas.
14 de Septiembre de 2004
Septiembre, mes patrio
Durante este mes de Septiembre celebramos las fiestas patrias, con zapateadas cuecas, abundante chicha, jugosas empanadas y escasos anticuchos. Al hacerlo nos sentimos más chilenos, cuanto nos gusta autofelicitarnos, encontrar el pretexto para hacer fiesta, rememorando actos gloriosos. El peligro aparece cuando caemos en excesos propios de soberbia, cuando el génesis de todo es justamente lo contrario, humildad, servicio, amor a la tierra de nacimiento y su historia, amor a Dios y a su Iglesia.
Este bello amor a la patria puede verse confundido, lamentablemente, con un insano nacionalismo, que nos puede llevar a caer en pecado para con las otras naciones, constituidas por personas humanas también y así gestar multilateralmente conflictos belicosos en cuyo origen lo que abunda es la falta de caridad.
El servicio amoroso a nuestra patria, suelo que nos gestó, debe inspirarnos a la construcción de una sociedad más justa, construyendo el Reino para toda la humanidad, sin dejar de sentirnos parte del gran cuerpo místico de Cristo, la Iglesia y de la sociedad humana toda, haciéndonos responsables y partícipes de nuestro futuro común y universal.
Construyamos un Chile mejor, cubramos las necesidades básicas que nos impiden ver a Jesús, en condiciones dignas para todo hijo de Dios, facilitando respuestas concretas al llamado personal que Dios nos hace.
El mandato que nos hace nuestra Madre Iglesia es buscar el bien común, “el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección” (GS 26, 1; cf GS 74, 1).
Este bien común, propio de los cristianos que nos sentimos amados por Dios y al que encontramos cotidianamente en nuestro hermano, también hijo de Dios, inspirándonos a servirlo y a buscar su felicidad.
No olvidemos jamás que este accionar temporal es en busca de la patria definitiva, en que nos reencontraremos con un Padre común. Que esta celebración dieciochera nos impulse a servir día a día, con nuestros talentos, para construir un mundo nuevo en que reine la paz y el amor.
“No viváis aislados, cerrados en vosotros mismos, como si estuvieseis ya justificados, sino reuníos para buscar juntos lo que constituye el interés común”. (Bernabé, ep. 4, 10).
17 de Agosto de 2004
Solidaridad
La Iglesia ha llamado al mes de agosto el «mes de la solidaridad», por cumplirse un nuevo aniversario de la muerte del Padre Alberto Hurtado. El fundador del Hogar de Cristo estuvo siempre preocupado por ayudar al prójimo y todos los cristianos estamos invitados a seguir su ejemplo de santidad.
Nadie duda de la necesidad de ser solidarios, pues el mismo Jesús la coloca en un lugar central de la vida cristiana. Pero, ¿lo somos realmente o nos quedamos sólo en las buenas intenciones y las palabras conmovedoras?
Para practicar la solidaridad no es necesario hacer grandes obras. Se trata, más bien, de reconocer que el otro no es un desdichado a quien voy a ir a darle de lo que me sobra, sino más bien es un igual con quien voy a COMPARTIR, puesto que la solidaridad tiene dos caras: siempre recibimos al mismo tiempo que damos, porque dentro de nosotros está la necesidad intrínseca de dar… y en esta dualidad está el secreto de nuestra vida.
Otro aspecto central en las obras realmente solidarias es la humildad que las caracteriza. Sabemos que Cristo dijo “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha” (Mt. 6,3), pero muchas veces nuestras “buenas” acciones parecen dirigidas a nuestro prestigio más que al bien del otro. ¿Damos para realmente beneficiar al otro, o más bien para tranquilizar nuestra conciencia frente a los demás?
Que nuestra solidaridad sea con los pies en la tierra, pero con los ojos puestos en el cielo; sólo así lograremos comprender, en todo su sentido, la alegría de dar y jugársela por el que lo necesita; aquella alegría que movía a exclamar “Contento, Señor, contento”, a un hombre que todos conocemos, que vivió en nuestra tierra y que puso en práctica el amor al extremo… y no sólo un mes al año.
7 de Agosto de 2004
Un paso más adelante
A partir de hoy, sanpatricio.cl no se limitará a informar. También opinará. Esta sección de Editorial será como una bitácora de viaje, un lugar donde el paso del tiempo quedará registrado, donde los temas y las vivencias que nos tocan a todos recibirán una mirada especial.
Somos pocos en el equipo editorial, y no pretendemos representar a todo el espectro de personas que se sienten o se han sentido parte de esta comunidad, con sus intereses, posturas e ideas. Sólo ofrecemos nuestra humilde visión, que queremos repartir como un abrazo a tantas otras visiones e ideas que por ser tan diversas nos enriquecen como comunidad, como Iglesia y como seres humanos.
Es por eso que nos sentimos dando un paso adelante. Somos una voz más entre tantas, pero tenemos cosas que decir.
Que Dios nos acompañe en esta tarea.
Sanpatricio.cl - Versión 2 - Diseño: Sergio Nouvel